Mon Laferte cautiva —e incomoda al patriarcado— en memorable show en El Salvador

Texto y fotos: Güido Mendoza

La cantautora chileno-mexicana Mon Laferte aterrizó por primera vez en El Salvador cuando vive uno de los momentos más destacados de su carrera. La artista ofreció un espectáculo inolvidable el pasado jueves 28 de noviembre en el Complejo Deportivo del Estadio Cuscatlán, acompañado por cuatro provocativos bailarines y una presentación previa de la local Vanessa García, quien encendió los ánimos del público con su carisma y energía.

Vestida en tonos rosados y con un estilo que ella misma define como “pink rock”, García interpretó temas cargados de emoción. Canciones como “Ansiosa” resaltaron su habilidad para conectar con el público a través de letras personales y honestas, dejando claro que está lista para llevar su música a otro nivel.

“Podría asegurar que todas las personas hemos sido juzgadas por prejuicios, alguna vez”, aseguró Mon Laferte en una entrevista reciente. Foto: Güido Mendoza

Pasadas las 9 de la noche, tras un breve retraso, comenzaron a sonar las primeras notas trip-hop de “Tenochtitlán”, tema que abre Autopoietica, el álbum más vanguardista de Mon Laferte, galardonado recientemente como Mejor Álbum de Música Alternativa en los Latin Grammys. Este disco, que explora géneros, sonidos y temáticas oscuras de forma innovadora, también ha sido nominado para los Grammy 2025 en la misma categoría.

Laferte llegó como un cometa esperado con gran expectativa por sus fans salvadoreños, en el mejor y más ambicioso momento de su carrera. Con “Te juro que volveré”, una cumbia con toques oscuros y voz distorsionada, inició una noche donde los límites del arte y la música fueron desafiados continuamente. De ahí, llevó al público al otro extremo con “Obra de Dios”, su sencillo más reciente, que fusiona ritmos electrónicos y un uso sutil del autotune envuelto por un ritmo sensual y letras que abrazan la oscuridad interior.

La cantante estuvo acompañada por cuatro seductores bailarines, que rompieron normas de género con sus cautivadoras coreografías homoeróticas. De guantes largos y provocativo vestuario, causaron euforia en algunos y molestia en otros, especialmente en el sector más conservador del público, reflejo de una sociedad igualmente conservadora.

Laferte llegó como un cometa esperado con gran expectativa por sus fans salvadoreños. Foto: Güido Mendoza

Arte que desafía normas

En lo personal, amé que Mon Laferte utilizara su plataforma para mostrar bailarines que rompen con la heteronormatividad. No eran prototípicos; había diversidad corporal y de edades, algo poco habitual en escenarios como este. En El Salvador, es común que las orquestas presenten bailarinas hipersexualizadas, lo que se considera normal y aceptable. Sin embargo, cuando se trata de hombres desafiando estas normas, las reacciones suelen ser adversas. Mon no estaba promoviendo ninguna agenda, sino celebrando identidades y libertad de expresión a través del arte y la música.

Esto me recordó un reciente caso viral en El Salvador sobre un niño que participaba como porrista (cheerleader) en una banda de guerra (marching band). El infante fue objeto de ataques y comentarios horribles por parte de sectores conservadores. Algo similar ocurrió en el concierto: algunos espectadores asistieron esperando solo escuchar su canción favorita, pero se sintieron fuera de su zona de confort con lo que vieron. Sin embargo, una verdadera artista como Mon Laferte incomoda con su arte, llevándolo más allá del mero entretenimiento para provocar reflexión y abrir espacios de representación para las comunidades queer y no binarias.

Afortunadamente, la mayoría del público siguiendo la sugerencia de Mon, mostró apertura y creatividad al vestir atuendos inspirados en el concepto de autopoiesis. Durante el tema Autopoietica, algunos fans participaron en una pasarela que evocaba los balls de vogue que inspiraron a Madonna en los años 90. Fue un momento lleno de empoderamiento y autenticidad.

El espectáculo de Mon llevó a los asistentes por un viaje musical que abarcó desde reguetón-thrash (más oscuro y agresivo) hasta música electrónica. Pero más allá de la música, los visuales fueron un elemento clave: el escenario incluía una figura inflable, que parecía estar dormida tras haber llorado mucho, y una estructura elevada que enmarcaba a Mon y a sus músicos como si fueran obras de arte vivas.

Un espectáculo lleno de simbolismo el que presentó la chilena. Foto: Güido Mendoza

La interacción con sus fans fue otro punto a destacar. En algún momento invitó a una imitadora a compartir el escenario y permitió que algunos de sus seguidores, vestidos al estilo “autopoietico”, desfilaran durante la interpretación del tema homónimo. Estas acciones reforzaron el mensaje de la gira: la capacidad de regenerarse y transformarse, un concepto inspirado en la teoría científica chilena de la autopoiesis que Mon adopta como bandera artística.

Durante más de dos horas y media, Mon cautivó con su voz y su presencia. Recorrió su repertorio como si lo tuviéramos en reproducción aleatoria en vivo. Incluyó temas icónicos como “Tu falta de querer”, interpretada en un formato minimalista que resonó profundamente entre los asistentes, quienes corearon cada palabra con pasión.

Rompiendo esquemas hasta el final: Mon Laferte en El Salvador

El concierto también incluyó momentos provocativos, como una versión de “La Vie en Rose” en la que Mon ató a un bailarín con una soga, paseándolo por el escenario en una performance cargada de sensualidad y simbolismo. Otro momento inolvidable fue cuando los bailarines, vestidos con faldas largas, interpretaron un can-can durante “Si tú me quisieras”, desafiando nuevamente estereotipos de género.

El mensaje de la gira: la capacidad de regenerarse y transformarse, un concepto inspirado en la teoría científica chilena de la autopoiesis. Foto: Güido Mendoza.

La velada culminó con la enigmática “Casta vida”, un tema experimental y electrónico que revela la faceta más vanguardista y audaz de Mon. En lugar de optar por un éxito convencional para despedirse, eligió compartir una obra que refleja su evolución artística y su capacidad de iluminar las partes más oscuras de su ser. Mon Laferte no solo ofreció un concierto, sino una experiencia artística que desbordó creatividad, rompió esquemas y conectó con su público de manera profunda y memorable.

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