Nacho Vegas: reseña de “Vidas semipreciosas”, entre la política y lo íntimo

El título resume bien el espíritu del trabajo: una postura frente a la obsesión por la perfección.

En un momento histórico en el mundo marcado por los temas de racismo, guerras y una sociedad que se comporta de forma cada vez más extraña, Nacho Vegas vuelve a situarse en ese territorio que mejor conoce: el de la observación aguda. Con más de dos décadas de trayectoria, el artista asturiano presenta Vidas semipreciosas, un álbum que confirma su papel como narrador de cosas personales y colectivas sin caer en las fórmulas clásicas.

Si algo define este trabajo es su capacidad para alternar ternura y mensajes directos. El disco se abre con “Alivio”, una pieza que combina recitado y melodía y que deja clara una idea central: cualquier pequeño placer puede convertirse en un acto de rebeldía. Desde ahí, Vegas despliega un repertorio donde conviven arreglos de cuerda elegantes y destellos que suenan como si vivieran en la frontera entre México y Estados Unidos, ampliando su paleta sonora sin perder identidad.

Nacho Vegas realiza un homenaje a todos sus fantasmas del pasado. Foto. Toxicosmos.

Uno de los momentos más luminosos es “Fíu”, dedicada a su madre. Lejos del tono metafórico y del reclamo que marcaron otras composiciones del pasado como “El ángel Simón”, donde abordaba la figura de su padre de una forma convencional y un poco oscura, aquí opta por una mirada más clara. Es una canción que mira hacia atrás de forma nostálgica, pero no desde el reproche, lo que la convierte en una oda serena y agradecida.

La parte política del álbum aparece de forma más explícita en canciones como “Seis pardales”, inspirada en un conflicto sindical asturiano. Funciona como homenaje y demuestra la habilidad de Vegas para convertir hechos concretos en canciones con peso emocional sin caer en el panfleto fácil y oportunista, como han hecho muchos grupos últimamente con sus posturas políticas. Aquí Nacho Vegas sí toma una postura, y eso se puede agradecer.

También hay espacio para una parte donde Nacho Vegas se clava en la introspección. “Los asombros” es una invitación a detenerse, a mirar con atención lo que nos rodea y a dejarse afectar por ello. La canción encuentra fuerza en su delicadeza. Junto a ella, temas como “Mi pequeña bestia” o “Llueven moscas” aportan matices distintos, esta última más ligera en tono, pero igualmente buena.

Los interludios hablados ponen sobre la mesa momentos en los que Nacho Vegas recita muy al estilo de Leonard Cohen, acompañados por las voces de diferentes personas que refuerzan la dimensión colectiva del disco. Este recurso aporta profundidad y convierte el álbum en algo más que una simple sucesión de canciones.

El título resume bien el espíritu del trabajo, que tiene que ver con una postura frente a la obsesión por la perfección. Las vidas semipreciosas de Vegas no aspiran a ser joyas impecables; encuentran su valor precisamente en los defectos musicales que puedan tener. De algún modo, también es una declaración de intenciones contra esa perfección técnica que imponen los nuevos sistemas y herramientas de producción, que ya no permiten la imperfección natural de los viejos discos de rock.

Más que reinventarse, Nacho Vegas arriesga dentro de su propio lenguaje. Demuestra que el idioma español sigue siendo potente y provocador, que todavía se pueden hacer discos completos con sentido, buenas canciones que dialoguen entre sí y, en definitiva, seguir siendo relevante en un momento en que el rock tiende a convertirse en pieza de museo.

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