
Una discusión acalorada entre varios compulsivos melómanos, que además dan a conocer sus reflexiones en distintas publicaciones —de México y otros confines— arrojó la siguiente lista a manera de recapitulación de los lanzamientos hechos en 2012.
Obvio, la discusión se zanjó de manera amistosa y conciliadora, aunque tampoco estuvo fuera de la controversia.
Sea como sea, aquí hay veinte discos indispensables que corroboran la diversidad de propuestas que reinventan el rock latino, si es que éste término aún alude a algo en particular.
La Banda Elástica se viste de frac para dar a conocer su lista final.


Un regreso muy sorpresivo. Pato recupera el flow (en realidad nunca lo perdió, pero ahora se escucha nuevamente fresco), la chispa, se allega de una buena producción y saca lustre a sus invitados (Eugenia León en “Plata y Plomo” da un toque a medio camino entre lo etéreo y lo mundano; mientras la voz de Ely Guerra genera un hermoso contraste con la del MC en “Es Así”).
Entre el reggae, ska y hip hop se escucha “¿Porqué?”. Y en “Consuelo”, el rapero hace dupla con Tony Hernández, su ex socio en Control Machete.
33 es un soplo de vida a la alicaída escena del hip hop mexicano.


Este cantautor chileno, no hay que dudarlo, cuenta con un interruptor en la nuca que esta vez ha cambiado de posición. Parece que estamos frente a alguien muy distinto a quien firmó temas como “La gran capital” o “La terrible canción”, por sólo mencionar dos incluidos en sus discos previos.
Cierto, sigue habiendo guitarras acústicas y letras que hablan de corazones lastimados, pero ahora también se escuchan sintetizadores, muchos, distorsiones y una voz sosegada, un tanto adormecida, quizá por la sapiencia; tal vez por la urgencia.
Un par de miembros de Los Bunkers metieron mano al cancionero y tal vez ahí radique el cambio de su perfil sonoro; lo que es un hecho es que este álbum se traduce como la versión 2.0 del chileno (¿new wave?) y ésa, la capacidad de García para reinventarse, es la que le ha permitido que su nombre siempre merezca un párrafo exclusivo.


San Pascualito Rey se ha afianzado como una de las bandas de rock más interesantes de México en los últimos años.
Desde la aparición de Sufro sufro sufro, su primer álbum, su sello inconfundible, ese rock oscuro en el que se percibe una influencia importante de la música de arrabal, ha aportado frescura y originalidad al género.
En su primera placa en directo, el grupo que encabeza Pascual Reyes —y que tan bien secundan Alex Otaola, Luca Ortega y Juan Morales— demuestra que no sólo hay magia en el estudio y que sus canciones saben reinventarse y siempre estar a tono, de acuerdo a la ocasión. Un repaso por sus tres discos, por sus canciones mejor logradas: de “Salgamos de aquí” a “Nos tragamos”.
Asimismo, el testimonio vívido de la fidelidad ciega y solidaria de sus ya muchísimos seguidores.


De sus cinco materiales de larga duración, sin duda éste es el bueno. La banda mexicana de art/pop ya había demostrado su creatividad y talento, especialmente en Bestia (2009) y Lejos, No Tan Lejos (2010), pero aquí, en las doce canciones incluidas, el cuarteto ha dado muestra de una integración total.
Por un lado, confirmaron su sello, en gran parte concedido por la ejemplar voz de Denise; y por el otro, avanzaron en un sonido mucho más accesible, sencillo y menos dramático que en el pasado.
Un álbum pleno, que indiscutiblemente consolida a Hello Seahorse como uno de las propuestas musicales más importantes en México.


La ineludible sinceridad de Roberto Musso y compañía se mantiene tan firme, como en aquellos grandes momentos de Raro (2006), el álbum más popular y contundente del grupo uruguayo.
También conservan al rock como fiel aliado de una lírica que siempre tiene a la rima punzante como recurso indispensable. Historias, sobre todo en primera persona, que igual nos atañen a todos, provocan una percepción entrañable y muy cercana hacia estos viejos locos, que se las saben de todas, todas.
La magia del Cuarteto sigue ahí, subrayándose una y otra vez en nuestro inconsciente.


Sorprende que sólo sean dos y así consigan un sonido tan aplastante. Un asturiano y una argentina, se las arreglan para crear un mazacote sónico donde el derroche de sintetizadores —todos ellos cacharros que califican como piezas de museo— y la saturación se anuncian como protagonistas.
Escuchar este disco es como hacer un viaje por carretera a bordo de un estroboscopio, aunque se recomienda hacer la travesía como calentamiento, antes de dirigirse a un concierto de la dupla, porque es en el escenario donde verdaderamente se advierten los alcances de sus temas y la importancia de sus filtros análogos.
Ya sobre la tarima, todos vuelven a alzar las cejas al corroborar que, efectivamente, apenas son dos músicos que, además, funcionan como pareja, si de amor se habla.


¿Qué no Colombia es la tierra de la música tropical? ¿Suin’ a la colombiana? ¿Tiene ese menjurje sonoro credibilidad acaso?
Con total inventiva, el septeto colombiano contagió a quien tuvo la oportunidad de acercar su oído a su ecléctica mezcla musical en la que caben el jazz, el swing, la bossa nova, el bolero y otros estilos.
Del SXSW desembarcaron en el Vive Latino y no fue sino hasta después de ello que su primer disco salió al mercado. Dependen, claro, de su gran imaginación y de la cohesión que han conseguido como grupo.
Pero no puede esconderse el hecho de que Catalina García, su guapa, carismática y bilingüe vocalista —canta en francés y castellano—, aporta gran parte de su personalidad incomparable.
¡Sí, es cierto, hay lugar para el suin’ en el siglo XXI! ¡Y sí, éste puede venir, con toda credibilidad y un feelin’ contemporáneo, desde Colombia!


¿Señal de que el fin se acerca? ¿Qué hacer cuándo prácticamente se ha hecho de todo, pero cada movimiento es objeto de un seguimiento enfermo?
En tres álbumes y 57 canciones, el compositor argentino recoge grabaciones en directo en las cuales hizo una revisión de su trabajo y su pasado. Charly recupera canciones de Sui Generis, Serú Girán y de sus diferentes etapas como solista. Vamos, incluso hace una versión de “Popotitos”.
Obviamente este repaso cuenta con nuevos arreglos, pero se antoja como el testimonio casi final de un gran compositor al que la voz ya se le escucha cansada.


Rodrigo de Santis dirige este supergrupo que en sus filas incluye a Pedropiedra, Gepe y Fernando Milagros y además se hace ayudar de algunos amigos (entre ellos la chelista Felicia Morales).
El tono del álbum es predominantemente acústico y de una luminosidad ensoñadora. No busquemos despliegues de energía, a cambio de ello, hay muchas melodías y tonalidades pop con algo de acento en el folk.
Este disco se desplaza tersamente, pinta paisajes muy íntimos y en cada escucha revela nuevos sonidos, matices distintos, atmósferas que emergen y hacen de él una placa deliciosa.


Como a muchos nos ha sucedido, la cantautora mexicana también cayó rendida ante la música del maestro Agustín Lara.
Nadie lo hubiera imaginado: una joven artista del pop avant-garde, vinculada a la obra clásica y romántica del cancionero tradicional. El resultado fue toda una revelación.
Natalia quiso conservar el perfil masculino del asunto, y así invitó a notables figuras de la escena latina, como Gilberto Gil, Vicentico, Adrián Dargelos, Kevin Johansen, Jorge Drexler y León Larregui.
El álbum retrata el gusto de todos por ser parte de ese espíritu que deambula, cuando se invoca al gran “Flaco de Oro”.
En pocas palabras, un disco delicioso.


Enrique Morente revolucionó al flamenco, lo proyectó al futuro. Con su muerte, en 2010, dejó un sitio irremplazable.
No era para menos que sus viejos amigos y colegas —Los Planetas y Antonio Arias de Lagartija Nick— crearan una nueva entidad para esparcir el credo que el Maestro les enseñó.
He aquí versiones libérrimas de un flamenco-rock lleno de distorsión, voces procesadas e intensas reverberaciones, además de ciertas referencias a los poetas místicos.
Hacen que dos tipos de música tan disímbolos provoquen un poderoso estallido. Mayúsculo.


El inconforme Mario Galeano (Frente Cumbiero y Los Pirañas), uno de los músicos más brillantes e inquietos de Colombia en la actualidad, se asoció con el británico Will Holland (a.k.a. Quantic) y juntos convocaron a varias leyendas en vida de la música tropical del país sudamericano, entre ellos Michi Sarmiento y Pedro Ramayá, para elaborar un disco rebosante de canciones y momentos ya imperecederos en el horizonte de la música latina.
Espectacular y riquísimo encuentro entre el pasado, presente y futuro de la música colombiana.


Ya se ha intentado contener las bondades de un México extraviado en el tiempo entre la aguja y el plato giratorio de una tornamesa. Así, al DJ se le ha encargado una responsabilidad que, al menos quienes forman parte de la escena rockera mexicana, no ha conseguido desempeñar efectivamente.
Sin embargo, en Centavrvs, DJ Rayo pincha con tino grabaciones de antaño (“todo perdido en la sonoridad del viento debajo de la noche”) acompañado de un cuerpo de músicos donde se encuentran miembros de Los Dorados y Neon Walrus (además, Luca Ortega de San Pascualito Rey, se asoma como artífice inicial del proyecto) cuyo plan es provocar el baile, pero sin que esto signifique desactivar el cerebro.
Un EP que puede tomarse como advertencia: si la congruencia y el trote constante se mantienen, lo mejor está por venir.


A Ana Fernández-Villaverde le gustan los extremos, al menos así nos lo demostró desde Romancero, su primer álbum, en el que había canciones que iniciaban en el folk para terminar en acelerados beats.
Ahora, en su tercero, se percibe esa misma idea de bosquejar distintos ritmos y desde allí elaborar contagiosas canciones de amor y desamor. Pero ahora domina el pop electrónico y el rock extremo que linda con el shoegaze, cosa que no resta en lo más mínimo contundencia a sus fantásticas letras.
“Los picos de Europa” captura el estado de ánimo que hay tras el derrumbe conyugal en el que quedan ganas para poco, es allí donde, con el sello obsesivo que distingue a sus estribillos, ella repite con insistencia al final de la canción: “Todo lo que quiero es dormir.”
Y “Mil veces” evoca en mayor medida las composiciones de antaño, pero ahora hay en su sonido todavía una mayor fuerza instrumental (ésta parecería estar producida por Trent Reznor). Aunque el contraste con su aterciopelada voz la hace singular.
De nueva cuenta, vuelven las obsesiones y Ana repite entre una cortina de ruido que acentúa su confusión: “Y pensé… que no sé nada de tí”.
Un firme tercer paso para quien ya puede considerarse una de las voces femeninas más sólidas de la canción española de hoy.


Tras su partida de Los de Abajo, Líber Terán ha venido haciendo una carrera con total eclecticismo.
Si en sus primeros dos discos —El gitano western y Tambora Sound System— hay un interés por continuar probando suerte con la música de fusión, en su tercero, quizás el más logrado de todos, si bien no pierde de vista la presencia de acentos exóticos que brindan personalidad a su sonido —del salterio al bousoki al acordeón—, hay también un interés por explorar el ámbito de la canción, una canción quizá más clásica en estructura pero no por ello carente de originalidad y frescura.
Mucho de lo que Terán consigue en Errante obedece a que Quique Rangel de Café Tacvba, además de producirlo, le ha convocado a un grupo de apoyo con el que muchos sueñan, en el que destacan Julieta Venegas y Andrea Balency, a la par de Meme y Joselo del afamado grupo de Ciudad Satélite.


Ni duda cabe, ellos lo tienen casi todo en contra porque son de Murcia —ni Madrid ni Barcelona—. El rock español no es potencia internacional y los medios suelen ser injustos y prejuiciosos; si esto no fuera así, este dueto estaría destinado a convertirse en un suceso.
Este disco es buenísimo y tan vasto, que engaña.
A partir de “La duda ofende” diríamos que son dreampop, pero en “Contrato” hay una actualizada versión del kraut rock (muy Fujiya & Miyagi), pero cuando cantan, incluso nos acordamos de los argentinos de Entre Ríos (“El día de los embalsamados”). Producción no les falta —lucen los sintes, las cuerdas—.
Y su tercer álbum es mucho más que shoegaze. Hay quien ha dicho, con sabiduría, que usan al eclecticismo siempre como un medio, nunca como un fin.
Alejandro Martínez y Marina Gómez son generosos: nos dan 14 canciones y mucha tela de donde cortar.
Desde un soneto electro-rock en “In the Goethe”, que es una habanera. Y en “Diente por ojo” se apegan al rock pop más brilloso con frases naif (“Aunque te falte algún ojo, te querré”).
En suma, son impredecibles, sin perder por ello personalidad.


Durante dieciocho años de historia, los temas de La Habitación Roja han mantenido inamovible su eje temático: “tú y yo, como amantes; mientras tanto, que el mundo se caiga en pedazos”. Así de contundente.
En ese sentido, parecería que las historias debieron agotarse años atrás; sin embargo, el grupo ha explorado cada uno de los recovecos que se localizan en un beso, cada milímetro de piel que suda en un abrazo y todas y cada una de las miradas que se arrojan quienes un día se odian a muerte y al siguiente reviven su pasión ayudados de los referentes de la cultura pop que tienen a la mano.
Fue eléctrico no es el único gran disco del combo español (Cuando ya no quede nada sería un buen contendiente), pero demuestra que ese viejo lema de batalla de “tú y yo, como amantes…” sigue siendo la causa universal por excelencia y que el pop con guitarras a buen volumen es su mejor alcahuete, si de marchar por las calles se trata.


Cuarto plato de Gepe, en el que reitera su gusto por combinar referentes del folclor de su tierra, rock y música electrónica, con aguda imaginación.
Hay que destacar su creatividad a la hora de escribir letras eficaces y sorpresivas. GP abre con “En la naturaleza (4 – 3 – 2 – 1 – 0)”, una melodía alegre y pegajosa cantada junto a Pedropiedra que nos pide reparar en la imponente experiencia que es estar, precisamente, al aire libre, en el paisaje salvaje de la naturaleza.
“Fruta y té”, su segundo track, es uno de los más eficaces y afortunados del álbum, una reflexión sobre lo cotidiano que puede ser desayunar, con “muchas ganas de pasarlo bien”. Un hit total de menos de tres minutos.
Destaca asimismo, “Bailar bien bailar mal” en la que participa la mexicana Carla Morrison.
La prueba irrefutable de la solvencia y el oficio que el chileno ha venido desarrollando estos últimos años.


Este es un disco tan evocador, como inspirador. Abarca tantas sensaciones, que resulta complicado enfocar su contenido en un punto único.
Cafeta así ha sido y así lo es una vez más: multifacético, complementario, todo un equipo de grandes individualidades.
Sin planteárselo premeditadamente, Rubén, Meme, Joselo y Quique son todo un ejemplo de cómo se enfrenta la realidad a la mexicana, o simplemente como es ser humano.
En su caso, lo hacen con maravillosas canciones, y de alguna manera el grupo nos pasa la bolita, para entonces encargarnos de lo propio.
Un álbum de actitud impecable.


No creo que haya habido otra ocasión en la cual el calificativo de elegante haya cuadrado mejor a una producción discográfica como la de este cuarteto.
La electrónica se cruza con el jazz, con ritmos latinos suaves, aterciopelados, dub (lo cual muestra que no siempre se necesita de la exuberancia ni de la profusión rítmica para imprimir calor), y todo ello genera una placa candente.
En “El Alma y el Cuerpo”, el tono de la guitarra se acerca más al Magreb que a Latinoamérica, pero en los cortes siguientes, la geografía latina se vuelve a imponer.

Selección y textos por Enrique Blanc, David Cortés, Alejandro González Castillo, Juan Carlos Hidalgo y Rubén Rodríguez Maciel.
